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Fabricando al "culpable"

El hallazgo más consistente en el análisis documental es el predominio del marco narrativo de la criminalización y la seguridad. La producción de coca, cannabis o amapola rara vez se presenta como un problema social complejo, una estrategia de subsistencia o una consecuencia directa del abandono estatal. En su lugar, es encuadrada de manera persistente como un asunto de orden público, un peligro social y una amenaza a la seguridad nacional. Dentro de este marco, las personas cultivadoras son posicionadas como un “otro” peligroso o, como se ve en el artículo sobre la “Narcoguerrilla”, como un simple “sicario” de una entidad criminal unificada. Un marco secundario, pero relacionado, es el de la “amenaza ambiental”, donde se describe a los cultivos y a las personas cultivadoras como la causa de la destrucción de los bosques, justificando la intervención estatal sin considerar las causas estructurales.
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¿Quién tiene la palabra?

El análisis de los tópicos (temas) y la jerarquía (quién habla y quién hace) revela un patrón repetitivo donde la agenda es definida por la seguridad y el orden público. Las voces de autoridad legítimas son casi exclusivamente funcionarios estatales (Ministros de Defensa, altos mandos militares, funcionarios de EE.UU.), quienes enmarcan el problema en términos de operaciones militares y lucha contrainsurgente. En esta jerarquía, las personas cultivadoras son el objeto pasivo de la noticia, receptores de un “ultimátum” o de la fumigación.

Una transición narrativa clave ocurre con la cobertura de las protestas. En estos casos, el tópico cambia a “protesta social” y la jerarquía de actores se invierte: los “campesinos” se convierten en protagonistas activos que “impiden”, “exigen” y “negocian”. Sin embargo, esta transición es a menudo disputada: otras narrativas, citando las mismas fuentes oficiales, encuadran la protesta como “disturbios” o infiltración de grupos armados, devolviendo el tópico a la seguridad. Finalmente, emerge una nueva narrativa atípica, la del “desarrollo”, que si bien es positiva, silencia a los cultivadores tradicionales en favor de “empresarios”.

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El poder de nombrar

Las formas de nominación son una estrategia discursiva central. El patrón más repetitivo y tóxico es el uso de palabras compuestas que fusionan la actividad agrícola con el crimen, como “narcocultivos”, borrando la identidad campesina. Otra estrategia recurrente es nominar al actor por una acción negativa (“los cultivadores... que han tumbado los bosques”) o por una presunta asociación criminal (“...de las Farc”), lo cual silencia al campesino y lo reemplaza por el actor armado. Se observa una transición narrativa fundamental en los discursos asociados al Acuerdo de Paz y a la regulación del cannabis medicinal. En estos contextos, emergen nuevas formas de nominación como “familias campesinas” o “pequeños y medianos cultivadores”.
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Metáforas letales

Las figuras retóricas no son un adorno; son el mecanismo para enmarcar el problema. El patrón más repetitivo es el uso de metáforas de guerra, enfermedad y desastre natural. Vemos verbos bélicos como “invaden”, que personifica a la planta como un ejército enemigo, justificando una respuesta militar. La metáfora de la enfermedad es igualmente recurrente: se habla de la coca como un “cáncer” o una “enfermedad social”, lo cual despoja al fenómeno de sus causas sociales y lo presenta como una patología que debe ser “extirpada”. Figuras como la “alquimia” (amapola en “oro físico”) o la “coca viajera” también deshumanizan el proceso, presentándolo como algo siniestro o imparable, borrando el contexto social.
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Ellos y nosotros

La polarización es una estrategia discursiva recurrente para trazar una frontera moral. El patrón repetitivo consiste en crear un “nosotros” legítimo (el Estado, los ciudadanos de bien, los “verdaderos agricultores”) y un “ellos” ilegítimo (las personas cultivadoras). Esta polarización se logra de dos maneras: 1) fusionando al cultivador con el actor armado, como en la narrativa del Plan Colombia, o 2) culpando a la planta/cultivador de atraer la violencia, haciéndolos responsables del conflicto. Una transición narrativa muy significativa se observa en la era del postacuerdo.
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Lo que no se dice

Las formas de nominación son una estrategia discursiva central. El patrón más repetitivo y tóxico es el uso de palabras compuestas que fusionan la actividad agrícola con el crimen, como “narcocultivos”, borrando la identidad campesina. Otra estrategia recurrente es nominar al actor por una acción negativa (“los cultivadores... que han tumbado los bosques”) o por una presunta asociación criminal (“...de las Farc”), lo cual silencia al campesino y lo reemplaza por el actor armado. Se observa una transición narrativa fundamental en los discursos asociados al Acuerdo de Paz y a la regulación del cannabis medicinal. En estos contextos, emergen nuevas formas de nominación como “familias campesinas” o “pequeños y medianos cultivadores”.
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